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July 11 Primera parteI Hay que empezar por el día en que volví. Eran las cinco de la mañana y Ferrán me levantaba súbitamente para que llegáramos a tiempo. Un poco de resistencia de mi parte, sé lo que conllevaba abrir los ojos: irme, dejarlo, lágrimas y probablemente la última despedida. El cuarto en el que dormíamos era obscuro, ni un rayo de luz entraba por aquella ventana cubierta que daba a los demás departamentos, sólo oscuridad, paredes, concreto, tendederos, silencio. Me levanté con ganas de que fuera un día como los anteriores, tomar el expresso cortado, salir envuelta en mi abrigo a hacer las compras, preparar la comida y después salir al paseo que Ferrán tenía planeado. El frío calaba, nunca lo había sentido, atravesaba mi cuerpo, entraba por mi piel y revoloteaba entre mis entrañas hasta que dentro de mí se difuminaba y desaparecía. Desde la noche anterios, las maletas ya estaban listas. Ferrán me miraba con incredulidad y firmeza, era la hora de iniciar el retorno. No hablábamos, al tiempo en que me vestía él preparaba el café. Salí de la habitación con las dos maletas y una mochila sobre mi espalda, miré de reojo toda la habitación, la cocina, el pasillo lleno de espejos y tristemente me despedí de aquellos muros que aún no comprendían mi presencia y mi inmediata ausencia. Tomamos el ascensor y en menos de diez segundos ya estábamos en la planta baja, más espejos observaban mi ida; yo caminaba lentamente tratando de gravar en mi memoria los olores de esas benditas calles que caminé durante el largo y luminoso noviembre, aún la noche dominaba el espacio, los autos tranquilos empezaban a ocupar el asfalto, Ferrán y yo caminábamos hacia la estación del metro que nos llevaría al autocar que nos trasladaría hasta el aeropuerto. El sonido de las llantas de las maletas y el de mis tacones acompasaban el ritmo de nuestros lentos y planos latidos. Antes de llagar a la estación del metro me detuve, miré con imaginación la Sagrada Familia y recorrí con mis ojos pequeños aquella vela que parecía derretirse por el fuego de la fe y la soberbia. En el metro la gente parecía indiferente a nuestra tragedia, a nuestra truncada historia de amor, como siempre las mujeres de abrigo y botas ocupaban los vagones, seguras de un día maravilloso en la Europa soñada por América. Cada segundo iba agonizando, mi retorno parecía tan evidente como la obviedad de la muerte, llegamos a la Plaza España, un viejo que parecía haber pasado la noche en la parada nos dijo si íbamos al aeropuerto, le respondimos que sí y sin voltear a vernos, con la mirada perdida nos respondió: yo también iba pero no pude llegar. El autocar hizo su parada de las 5:45 y tomamos nuestros lugares, la gente iba amodorrada, con caras de estar en otro lugar, de idas y regresos. Miraba a través del cristal, Ferrán sujetaba mi mano y después de mil lunas, besos y caricias ahí estábamos, como cuando empezamos: solos y tristes. Ya había amanecido, pero muy al contrario de lo que me esperaba, los débiles rayos del sol aumentaban la palidez del momento, la mañana marcaba el primer día de diciembre, al bajar las maletas una ráfaga de viento me despeinó y con las manos casi entumidas traté de acomodar mi discordante cabellera negra tras todos los cabellos rubios que me rodeaban. Entramos a la sala de Air france, el espacio era como una cápsula irreal, no había tiempo ni color, grupos abigarrados de gente se formaban, decididas a no mirar atrás; el alemán me sonaba a ladridos y el árabe a desgracias religiosas, los franceses que fingían no entender otro idioma se ufanaban de sus sonidos guturales y gritaban el amour, el amour… al final de la fila estaba un argentino intimidado que ocultaba su yoyeo por estar en Europa, antes que él yo, con mi piel morena y mi insinuada figura tratando de ser universal. Esperamos media hora antes de subir al avión que me llevaría a París, observé a Ferrán, temblaba y me abrazaba tan fuerte como si no hubiera otra cosa que hacer, lo miré a los ojos, besé su rostro, sus labios, pasé mis dedos entre sus cabellos suaves y delgados, le rogaba con mis caricias que me dijera quédate; mi vida, su vida, la vida no lo permitieron. Las irremediables ganas de llorar de evaporarme y colarme por su piel, de no querer pensar en lo que representa el fin se apoderaron de mi voluntad. Cuando perdí su rostro entre la gente supe que el sueño había terminado. Mientras despegaba el avión, volvía a sentir la virilidad de ese pájaro de acero inventado por el hombre, dejaba atrás las largas borracheras y caminatas por las ramblas, la hostilidad de los hombres que tras el bon día no te miran ni se atreven a sentir tu presencia. La miel, el olor a hogar de cada mañana seguido de un mundo que se mueve rápido y que es tan diferente a mi mundo, lleno de tardes provincianas y lentas donde sólo hierven los volcanes y no los amantes.
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