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7月25日

Idas y vueltas

Confío en la claridad. Un poquito de letras, de signos, de señales, de locura y tal vez, al final, llegue lo inesperado.
Lista para iniciar.
 
 
 
 
7月11日

Primera parte

 

I

Hay que empezar por el día en que volví. Eran las cinco de la mañana y Ferrán me levantaba súbitamente para que llegáramos a tiempo. Un poco de resistencia de mi parte, sé lo que conllevaba abrir los ojos: irme, dejarlo, lágrimas y probablemente la última despedida. El cuarto en el que dormíamos era obscuro, ni un rayo de luz entraba por aquella ventana cubierta que daba a los demás departamentos, sólo oscuridad, paredes, concreto, tendederos, silencio.

Me levanté con ganas de que fuera un día como los anteriores, tomar el expresso cortado, salir envuelta en mi abrigo a hacer las compras, preparar la comida y después salir al paseo que Ferrán tenía planeado. El frío calaba, nunca lo había sentido,  atravesaba mi cuerpo, entraba por mi piel y revoloteaba entre mis entrañas hasta que dentro de mí se difuminaba y desaparecía.

Desde la noche anterios, las maletas ya estaban listas. Ferrán me miraba con incredulidad y firmeza, era la hora de iniciar el retorno. No hablábamos, al tiempo en que me vestía él preparaba el café. Salí de la habitación con las dos maletas y una mochila sobre mi espalda, miré de reojo toda la habitación, la cocina, el pasillo lleno de espejos y tristemente me despedí de aquellos muros que aún no comprendían mi presencia y mi inmediata ausencia.

Tomamos el ascensor y en menos de diez segundos ya estábamos en la planta baja, más espejos observaban mi ida; yo caminaba lentamente tratando de gravar en mi memoria los olores de esas benditas calles que caminé durante el largo y luminoso noviembre, aún la noche dominaba el espacio, los autos tranquilos empezaban a ocupar el asfalto, Ferrán y yo caminábamos hacia la estación del metro que nos llevaría al autocar que nos trasladaría hasta el aeropuerto. El sonido de las llantas de las maletas y el de mis tacones acompasaban el ritmo de nuestros lentos  y planos latidos. Antes de llagar a la estación del metro me detuve, miré con imaginación la Sagrada Familia y recorrí con mis ojos pequeños aquella vela que parecía derretirse por el fuego de la fe y la soberbia.

En el metro la gente parecía indiferente a nuestra tragedia, a nuestra truncada historia de amor, como siempre las mujeres de abrigo y botas ocupaban los vagones, seguras de un día maravilloso en la Europa soñada por América. Cada segundo iba agonizando, mi retorno parecía tan evidente como la obviedad de la muerte, llegamos a la Plaza España, un viejo que parecía haber pasado la noche en la parada nos dijo si íbamos al aeropuerto, le respondimos que sí y sin voltear a vernos, con la mirada perdida nos respondió: yo también iba pero no pude llegar.  El autocar hizo su parada de las 5:45 y tomamos nuestros lugares, la gente iba amodorrada, con caras de estar en otro lugar, de idas y regresos.

Miraba a través del cristal, Ferrán sujetaba mi mano y después de mil lunas, besos y caricias ahí estábamos, como cuando empezamos: solos y tristes.

Ya había amanecido, pero muy al contrario de lo que me esperaba, los débiles rayos del sol aumentaban la palidez del momento, la mañana marcaba el primer día de diciembre, al bajar las maletas una ráfaga de viento me despeinó y con las manos casi entumidas traté de acomodar mi discordante cabellera negra tras todos los cabellos rubios que me rodeaban.

Entramos a la sala de Air france, el espacio era como una cápsula irreal, no había tiempo ni color, grupos abigarrados de gente se formaban, decididas a no mirar atrás; el alemán me sonaba a ladridos y el árabe a desgracias religiosas, los franceses que fingían no entender otro idioma se ufanaban de sus sonidos guturales y gritaban el amour, el amour… al final de la fila estaba un argentino intimidado que ocultaba su yoyeo por estar en Europa, antes que él yo, con mi piel morena y mi insinuada figura tratando de ser universal.

Esperamos media hora antes de subir al avión que me llevaría a París, observé a Ferrán, temblaba y me abrazaba tan fuerte como si no hubiera otra cosa que hacer, lo miré a los ojos, besé su rostro, sus labios, pasé mis dedos entre sus cabellos suaves y delgados, le rogaba con mis caricias que me dijera quédate; mi vida, su vida, la vida no lo permitieron.

Las irremediables ganas de llorar de evaporarme y colarme por su piel, de no querer pensar en lo que representa el fin se apoderaron de mi voluntad. Cuando perdí su rostro entre la gente supe que el sueño había terminado.

Mientras despegaba el avión, volvía a sentir la virilidad de ese pájaro de acero inventado por el hombre, dejaba atrás las largas borracheras y caminatas por las ramblas, la hostilidad de los hombres que tras el bon día no te miran ni se atreven a sentir tu presencia. La miel, el olor a hogar de cada mañana seguido de un mundo que se mueve rápido y que es tan diferente a mi mundo, lleno de tardes provincianas y lentas donde sólo hierven los volcanes y no los

amantes.

 

 

 

7月7日

El anónimo

Al final del día uno se cansa de los rostros, con ojos envidiosos y las cejas fruncidas, con la lengua retorcida sacando espuma, perras rabiosas que sólo saben ladrar. Tienen aliento podrido y la mezquindad se les sale por los ojos. Ahí van, en manada, se juntan y se envenenan entre ellas, ponzoñosas y enhiestas se arrastran tragando el polvo de aquellos que vuelan y no se dejan agriar por estos seres de lodo y mugre. En el mejor de los casos se muestran, dan la cara para que uno los conozca con nombre y apellido, esos son los menos, los que pasan de ser seres ruines a valientes que confrontan, debaten, argumentan y  dan pelea; los otros son los más, los que se esconden tras una pantalla para sacar la miseria en la que viven, los que amenazan, y revientan sus infames corazones inventándose identidades, levantando falsos y manifestando sus opiniones –que se sustentan en sus filosas garras- sobre los demás, los otros, los que juegan un papel activo en la vida, se atreven, son los héroes de sus propias historias, los que salen a luchar y a ser laureados o vilipendiados. A veces duele que las manifestaciones humanas sean tan miserables y deplorables, ¿qué pasó para que haya seres así? ¿En qué falló la humanidad? ¿Cuándo la cobardía se instauró como los anónimos en la red? ¿Qué clase de entes ofenden, vomitan palabras, tragan sus deshechos para manifestarlos a través de su anonimato? Las respuestas seguramente las tendrán quienes hagan esta clase de prácticas, pero mientras tanto habrá que descubrir el remedio para que estos seres recuperen su vida y su dignidad ¿acaso hay tanto resentimiento por ahí, en las calles, en los transeúntes, en la gente que habita este mundo? ¿Será que la vida propia cada vez es más difícil de lograr y lo único que queda con el tiempo –bendito e irrecuperable tiempo- es desperdiciarlo en los demás –quienes quiera que sean esos “demás”-. Quisiera pensar que el Anónimo es un ser desamparado, indefenso, lastimoso y débil, digno de compasión y caridad, sin embargo, creo que ya hay que poner un alto a esta clase de actos aborrecibles de los que todos hemos sido testigos y hasta víctimas. ¿Cuántas veces vemos la dignidad de una mujer o de un hombre hecho añicos con llamadas o publicidad nociva sin ningún argumento verificable? Si he ocupado este espacio y estas líneas para este tema, es porque no alcanzo a comprender esta nueva cara de la cobardía a través del Internet, una cobardía que despersonaliza, que vuelve incorpóreo al cobarde pero que sigue manteniendo lo ruinoso y el poco honor que lo sostiene; sin duda alguna, vivir en medio del egoismo, la envidia y el eterno observar a los demás ya es suficiente castigo, pero siempre hay una oportunidad para ser alguien y dejar de mirar la vida del de a lado, siempre se tiene la opción de vivir la la vida -la propia, (por más nauseabunda que sea) y no la de los demás.