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May 29 Aún queda un cigarro mojado...Los aviones
Homenaje a Calamaro
Toqué tres veces tal y como me lo pidió. Desde el tercer piso se asomó y me dijo que entrara, abrí la reja de la entrada y subí la escalera. Su departamento olía a cigarro, y me recordaba el aroma de la casa de Doña Marta, una vecina de mi infancia. Me observó tiernamente y me dio un beso en la frente. Sus labios eran delicados y suaves, nada como sus brazos para sentirme en paz. ¿Y ahora qué? pregunté, ahora nada escuincla me respondió. Se acercó al librero y sacó un libro, estudiadamente eligió una página y leyó en voz alta:
“Lolita se tendió sobre mí. La tomé por la fina muñeca. La revista escapó al suelo como un gallo asustado. Lolita se retorció, se liberó de mi presa, se echó hacia atrás y se apoyó en el ángulo derecho del sofá. Luego, como el que no quiere la cosa, la impúdica niña extendió sus piernas sobre mi regazo. Para entonces yo estaba en un estado de excitación que lindaba con la locura; pero, al propio tiempo, tenía la astucia de un loco.”
¡Qué puerco!, murmuré. Entonces no entiendes nada del alma humana me respondió. No sabía nada del alma humana en aquél entonces y poco me importaba entenderla. Ahí, durante esas tardes en su casa, nada era más importante que su mirada, sus palabras y mis palabras. Me tomó de la mano y me levantó suavemente del sillón, sin decir nada estábamos en medio de su sala bailando, la canción salía de las bocinas como un remanso de calma. Nos mirábamos, enamorados y frágiles, enredados en nuestros olores y moviéndonos lentamente. Su mano recorría mi espalda y yo sólo quería sentirlo, sentir su cuerpo, su vida que se me escurría entre las piernas, entregarme en cada movimiento. Al compás de la música escuchaba algunas palabras que salían de su boca, creí que tarareaba la canción, sin embargo, como el último rezo de un muerto me decía: No quiero que se termine, no quiero que me abandones. Lo solté y corrí hacia su recámara, me encerré y no salí hasta el día siguiente. La madrugada de un domingo suele ser gris, vieja y triste. Mis madrugadas eran como las de una gata herida, buscaba en sus cajones las cartas que le había dado, quería romperlas y tragármelas antes de que él lo hiciera, quería detener el reloj y que esa noche fuera eterna, él afuera esperándome, y yo adentro buscando una tregua para salir pero ambos encerrados, solos, hinchados y locos. Cuando las sombras de los muebles se dibujaron en la pared, con la raquítica luz de los faroles que iluminaban la noche, decidí salir. Como una pantera perturbada ahí estaba él, viejo y cansado escurrido en la silla de su comedor. Desde donde estaba podía ver su espalda y su cabeza descansando sobre su hombro derecho, me acerqué y le tomé la mano, se sobresaltó y entreabrió los ojos. Con la voluntad de un muerto me dijo: no te escondas más, ya puedes marcharte, no te pediré un beso ni tampoco que te quedes. Permanecí a su lado y la luz del día otra vez. ¿Me regalarás el cuento?, sí, tómalo es tuyo. En ese cuento ni yo muero ni tu envejeces, puedes estar contenta, ya eres inmortal, ya te escribí. Besé tus manos, tu cuello, tus mejillas, tu frente, tus ojos, tu nariz pero nunca tu boca, tu boca era sabia y huía de mi saliva joven y soberbia. Tus manos como si fueran las de un ciego, tocaron mi rostro aprehendiendo cada rasgo. Es tarde, se hizo de día. Caminé hacia la puerta y me fui. Miré hacia arriba y vi como los aviones volaban. A la madrugada siguiente, una vez más bailábamos en medio de su cama.
May 23 Viviendo la naúseaVolaris
A Santacruz por encontrarme (nuevamente) Después de varios días de borrachera decidí levantarme de la cama. Qué diferente se ve el mundo, sobrio desde el rincón. Despreciable para mi gusto. Lleno de monotonía y ociosidad. En cambio el bálsamo del licor es más sutil, menos brusco, pausado y en tiempos vertiginoso: los colores palpitan, el corazón siente dicha y la sangre se calienta al punto de bullir y llevarnos a senderos insospechados. Qué bien me la pasé en aquella fiesta. Aún no he tomado el aberrante camino de la conciencia, quiero disfrutar un poco más esta resaca que cede los últimos estragos del alcohol. Pronto llegarán como sombras los recuerdo de lo que hice y dije, después esas sombras irán tomando formas con los reclamos de la gente a la que insulté y la puta “reputación” me irá persiguiendo hasta que llegue al punto en que tenga que decir ¡No más! Siento escalofríos de tan solo pensarlo, ese no más sería la tumba de mi confortabilidad, me gusta beber y sumergirme una y otra vez en los brazos sombríos (bien lo sé) de la fiesta y la bohemia, ahí he pasado los mejores momentos de mi vida. Tendré que empezar a recordar, me meto a bañar y encuentro un moretón en mi pecho, pienso de qué manera pude habérmelo hecho. Sigo pensando y recuerdo cuando todos llegamos a la casa de Ernestina, los de siempre: Benito con su inseparable guitarra y acompañado de su honorable amante, que a sabiendas de todos, sigue presentándola como su gran amiga Lolita, una señora más vieja y fea que su esposa, —a propósito es esto, siempre me he preguntado porqué los hombres hacen eso, pocos son los que cambian a la esposa por una mejor—, después llega el joven poeta Eleazar, su facha es la clásica de un seudo intelectual: carísimos lentes de pasta que apenas si le hacen falta pero que decidió adquirir para verse interesante y responder cuando le pregunten ¿por qué tan joven y ya con lentes? —porque tengo vista cansada de tanto leer—, lleva camisetas de a cuerdo a la ocasión: a veces negra para sentirse gótico y oscuro, otras veces de manta con la intención de lucir costumbrista (para que la gente piense al verlo que lucha por los derechos indígenas), sus botas 7 leguas de años y no por falta de dinero sino por que ha esperado años para que se aviejen y poder darles el toque comunista... por último su pantalón de mezclilla roto adrede. Siempre me ha parecido falso el joven Eleazar pero me divierte y a Ernestina también, por eso lo invita. Juan Carlos es el que llega más temprano, sólo fuma y no toma desde que se le reveló en un sueño que moriría por una congestión y como se cree Shamán no hay poder humano que lo haga tomarse una copa y decir “saludcita” , qué desperdicio de vida. Siempre que lo veo trato de imaginar lo aburrida que ha de ser su existencia, tan sólo en las fiestas es apodado “la roca”, se aplasta en el sofá y no canta, ni hace el ridículo, ni platica; como dice el buen Benito esa gente también hace falta. Esos son mis compañeros de parranda. Siempre le caen con la tina y conmigo, ya saben que es de cada jueves hasta morir, los demás son gorrones que se pegan, invitados de cada quien y uno que otro chamaco de universidad que quiere entrarle al desmadre. No me gusta que vayan porque se alocan y ni nos dejan disfrutar, se emborrachan a la tercera ronda y hablan de las pendejadas acostumbradas, piensan que deben lucirse con los veteranos para ser aceptados, ni se imaginan que lo último que nos importa es Parménides y San Agustín. En algunas ocasiones me gusta llegar al final, porque así el ambiente ya está mejor y me evito las conversaciones aburridas de ¿cómo estás?, ¿qué dice la familia?, me chocan esos formulismos, mejor me aparezco cuando está lo bueno y todos están tomando aunque de cualquier forma siempre llego pedísima. En fin, ya basta con los invitados de la fiesta de Tina, no logro recordar cómo me hice el moretón en el pecho. Termino de bañarme, se me antoja una cerveza pero prefiero un vodka, éste a cualquier hora del día cae fresquito y me empieza a poner a tono para el resto del día. Me siento frente a la ventana, me quito la bata de baño, me gusta estar desnuda; abro las cortinas a propósito para que me vean las viejitas de enfrente, cuando me miran se les nota la lujuria. Desde que llegué a vivir a este lugar las he visto enlutadas y cuchicheando sobre mí, nunca me han contestado el saludo. He pensado que es porque siempre huelo a brandi o me ven entrar con hombres diferentes cada viernes, lo peor para ellas es que por lo regular son más chicos que yo. Mis ancianas vecinas son mis vigilantes y mi mayor diversión. Justo ahora entreabren las persianas para que no me dé cuenta de que me están espiando, levanto mi copa de vodka y les grito “salud”, pronto se van, pero por si aún están me manoseo los senos y después levanto mi dedo medio para que se persignen con provecho. Pobres mujeres, no se dan cuenta que con un buen trago su vida se alegraría… ¡En la madre!, ya son las 12:00 del día y no he quitado el trapo que cubre la jaula de mi periquito australiano, me dirijo a la cocina donde duerme. Me siento miserable, chifla y chifla para que lo auxilie, así se la pasó dos días el pobrecito. Le quito la manta que lo cubre y me ve con felicidad, brinca de un palito a otro, mueve su cabeza y hasta se mece en el columpio donde duerme, sabe que eso me hace reír. Le pongo alpiste y agua, bebe como si hubiese estado en el desierto, le pido perdón. Debo decir que es el único ser al que amo, se llama Periquito Azul, mi abuela me lo regaló… tengo ganas de llorar, lloro por haberlo abandonado y que sea tan noble para no molestarse conmigo, sino todo lo contrario, sentir consuelo al verme. Esto merece un beso, lo tomo y aletea un poco, después cierra su pico para que lo bese, lo pongo fuera de la jaula para que practique su vuelo en el departamento, se asusta y rodea los barrotes, como buscando la entrada pero luego su instinto lo llama y vuela como puede, por fin alcanza altura y se golpea en el techo, luego aterriza en el cortinero y de ahí no se mueve hasta que le acerco la jaula, por voluntad propia entra y chifla dándome a entender que está feliz con su vida cómoda y sin libertad. Me entristece que no aprenda a volar porque tengo planeado dejarlo ir, que sea libre; pero es muy torpe y me quiere tanto que prefiere quedarse en su jaula. Aunque ya le di de comer lo noto triste, creo que ya le hace falta una novia, una pajarita azul igual que él. Suena el timbre, me asomo: es Tina. Me alegro de verla, quiero que me cuente todo lo de la fiesta del sábado, según andaban diciendo se acostó con el joven Eleazar. Le aviento la llave, me extraña que no me diga floja o algo por el estilo, pues siempre le ha molestado que no le baje a abrir, no hago caso y escucho como va subiendo las escaleras. Entra y le ofrezco un vaso con agua, se ofende y me dice que quiere lo mismo que yo estoy tomando, le pregunto porqué no fue a dar clases hoy, me contesta que estaba cruda, desvelada y con la moral hasta abajo. Suelto la carcajada, se enoja y me dice que es en serio, guardo la compostura y hago un gesto de curiosidad, la escucho solemnemente. Pronto mi única y gran amiga Ernestina Landa Ventura, se cubre el rostro con la mano y empieza a llorar. En menos de cinco minutos, vi deshacerse ante mi a la mujer más cabrona y fuerte que conocía, me senté junto a ella y la abracé, la sentí indefensa, necesitada de que alguien la escuchara. Presentí que ese sería el último día en que Tina y yo estaríamos juntas tomando un vodka y cuando ella prendió su cigarro confirmé que nuestra amistad había llegado a su fin. Casi podía adivinar lo que Tina me confesaría. Se levantó del sillón y sobre la ventana, le dio una bocanada a su cigarro y me dijo: —Hay momento en la vida en que uno debe de tomar decisiones fuertes, ¿no crees, Violeta?... Me serví otro vodka y no contesté, me empezaban a dar asco sus palabras, ella continuó: … por ejemplo tú y yo, que somos alcohólicas aunque sea duro decirlo, eso somos, unas patéticas treintonas, solteronas y putas borrachas. En la última fiesta me di cuenta cuando todos se fueron y tú te quedaste inconsciente y tirada entre tu vómito, la porquería que he hecho de mi vida, esa noche me acosté con el chamaco del Eleazar, es el peor error que he cometido y por el que me encuentro aquí en tu casa, llorando y diciéndote que he jurado cambiar lo que quede de mi vida. Siempre nos burlamos de las chavitas que decían que encontrarían su felicidad en tener una familia unida y feliz, en tener a sus hijitos y un esposo que las amara, tú me enseñaste a despreciarlas, a pensar que esas son las perdedoras, las que no saben vivir, las que no trascienden. Ahora creo que en el fondo yo también soñaba con eso pero mi vida se resumió a parrandas y sexo con todo mamarracho dizque intelectual que se me puisiera enfrente. No debería decirte este estúpido discurso de qué es lo bueno y lo malo, pero vengo a despedirme. No quiero que vayas más a mi casa ni que me llames para tus fiestas, ojala tú también entiendas que no es esta la mejor forma de vivir, porque el tiempo pasa, nos estamos haciendo viejas y estamos solas, no quiero que mis días sigan llenos de mierda y alcohol. Te deseo lo mejor y ya me voy a dar mis clases porque se me hace tarde. Apagó su cigarro y se marchó. Respiré profundo. Quería llorar pero no lo hice, empezó a apoderarse de mi un sentimiento de culpa, ¿qué había salido tan mal?, todo para mí habían sido risas y gozo, precisamente porque quería a Tina la había llevado al mismo camino que yo había elegido, no discernía aún todas sus palabras, su enojo, sólo me sentía herida y confundida. Preferí no profundizar, ni siquiera pensar en el asunto, era mucho el camino recorrido como para retroceder, bien decían que las personas deben buscar su felicidad de la mejor forma y para mí ésta era, ser libre de mi conciencia, ella era la que obstruía el verdadero sabor de la existencia humana ¿qué tenía de malo beber, cantar, divertirse y tener sexo cada que hubiera oportunidad?, para mí la respuesta era clara: nada, nada tenía de malo ser feliz. Me serví un tequila, pues la noticia de que la Tina se cortaba lo ameritaba, me vestí y me fui a trabajar. El estupor de lo cotidiano me arruinaba, era mi vida de una linealidad insoportable, ya no encontraba placer en el pecado, era una fórmula que había explotado desde hace años y que ahora me aseguraba no ser suficiente para mí. Ese día decidí atacar al destino, derrotarlo. Fui a la universidad y renuncié. Tenía 20 horas a la semana, me pagaban por no hacer nada, dizque enseñaba pero siempre andaba cruda y no llegaba a mis clases, alguno que otro día me aparecía y les dejaba leer a mis estudiantes una bola de autores que poco me importaba si les entendían, a mí lo único que me interesaba era mi chequecito quincenal. Pero la maldita Tina, con sus palabras, me había dejado una semilla de moral que no quería aceptar pero que hacía mucho ruido en mi interior, por eso renuncié. El director me dio mi último cheque y me largué. Las miradas de licenciadas, maestras y doctoras eran acusadoras, susurraron cuando pasé por última vez por ese horrible pasillo con olor a libros viejos y gente añejada. Nadie se despidió de mí, la verdad que no me hacía falta, me evitaron la pena de decir: hasta luego doctora, hasta luego maestra. Pura gente que tiene su grado de estudios tatuado en la frente, nunca entendí porqué les hacía sentir mejor que las llamara por su grado que por su nombre, de cualquier forma yo sólo me sabía sus apodos así que soporté sus miradas y al llegar a la puerta principal de la honorable universidad, les menté la madre. La carcajada inmediata me salió del alma. Así se hace, Violetita, retar al destino, no dejar ningún laso, apagar cualquier esperanza de recuperar el camino derecho. Yo era un árbol torcido y me gustaba serlo. Esa tarde, fue esplendorosa, azul, llena de satisfacción. Simplemente era una mujer de treinta y tres años, desempleada, soltera, con poco dinero, caminando por las calles del centro de una ciudad fea y con una sonrisa que no se me quitaba de los labios. Me urgía gastarme el dinero en alcohol, pero no quería dejar fuera algunas otras cosas secundarias que también me hacían falta. Fui a una tienda de mascotas y encontré justo lo que necesitaba: una pajarita azul. Mi periquito también tenía que empezar a hacer su vida, era tiempo de que estuviera menos solo. La compré y el vendedor la puso en una bolsa de papel agujerada para que pudiera respirar. La pajarita y yo emprendimos el camino hacia un puesto que decía “Vinos y licores Los panchos”, compré una botella de vodka, otra de whisky y dos de tequila, esta noche iba a haber fiesta y sería en mi casa, yo tenía que festejar la reafirmación de mi decadencia. Llegué a un departamento, me puse una bata y mis chanclas, todavía había cervezas en la hielera, desconecté el teléfono, el timbre y prendí el etéreo. Fui a ver al periquito azul, como siempre, empezó a chiflar, saqué a la pajarita de la bolsa y la sujeté para que no escapara, antes de meterla a la jaula, le advertí que no hiciera sufrir a mi periquito porque sino literalmente la mandaba a volar, esa afirmación tan textual me dio gracia, ¡sí que volaría ja ja ja! La solté para que empezara a coquetear con mi periquito azul pero la maldita lo picoteó, el me veía angustiado pero ni modo, tenía que aprender el difícil arte de la convivencia con el sexo opuesto, me hubiera gustado darles tantito champagne en lugar de agua para que entraran en confianza pero era demasiado, eran animales y pronto les entraría la necesidad de quererse. Me acosté en el diván que estaba junto al estéreo y frente a los ventanales, abrí las cortinas para saludar a las viejitas, seguramente me estarían espiando, pensé, especulando que me habían corrido del trabajo porque a esas horas nunca andaba por ahí. Efectivamente, ahí estaban las dos ancianas encorvadas, mirándome, juzgándome, con sus arrugadas caras llenas de coraje, de curiosidad malsana, así que esta vez me quité la bata, les enseñé las nalgas y les cerré el ojo. Cómo me hacían reír esas viejitas igual de decrépitas que yo… abrieron con trabajo su ventana, oxidada por la falta de uso, y me gritaron: ¡Borracha pervertida, te vas a quemar viva en el infierno! Nada podía haber sido mejor que sus ofensas, era el día perfecto. Cerré las cortinas, me volví a poner mi bata y puse play al estéreo, mi canción favorita empezaba a sonar: “…Ya no puedo darte el corazón iré a donde quieran mis botas… si has venido a comprarme ¡lárgate!... si vas a venir conmigo agárrateeee …” Esa era mi canción, con ella había tenido mis más memorables borracheras, era mi apuesta a lo que nadie quiere, o todo o nada y aunque sabía que desde hace mucho tiempo ya había perdido todo, ¿qué importaba? La canción seguía, llega su final: “… sé que ya nada va a ocurrir pero ahora estoy contra las cuerdas y no veo ni una forma de salir pero voy a apostar fuerte mientras pueda… late el corazón, late el corazón…” Abrí la botella de tequila, el sabor ya no era el mismo, las circunstancias de fiesta me daban igual, mi vista empezaba a tomar ese rumbo ligero, mi mente bailaba al compás de mis tragos, quise levantarme pero no pude, mi mano la sentina inconsciente y las risas internas no paraban. Escucho a lo lejos el aleteo de mi periquito. Miro la puerta de la jaula abierta, la pajarita sale, se posa en la ventana de la cocina que también está abierta, un movimiento más y se va, ella no me preocupa, si quiere largarse que sea libre, mi amado periquita la sigue, voy por él, trato de que me mire, no quiero que se vaya, él no. Apenas si puedo chiflarle, la maldita pájara se asusta y vuela, el periquito la sigue, vuelan juntos y se pierden entre los edificios. Se me va inmediatamente la esperanza de que regrese. Me hundo en el diván y mi copa se cae. Mi mente se pierde cada vez más y sólo deseo que la música sea eterna.
May 19 ¿Para qué poetas en tiempos de miseria?UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO (Fragmento) Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín Donde todos los corazones se abrían, donde corrían Todos los vinos. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y La encontré amarga.- Y la injurié. Tomé las armas contra la justicia. Huí. ¡Oh brujas, oh miserias, oh rencor a vosotros Fue confiado mi tesoro! Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz. Llamé a los verdugos para morder, al morir, la Culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme Con arena, con sangre. La desgracia fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y jugué unas cuantas veces a la demencia. Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota. Pero, hallándome recientemente a punto de lanzar el último gallo, se me ocurrió buscar la llave del Antiguo festín, donde quizá recuperara el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspiración demuestra Que he soñado! "Seguirás siendo hiena, etc....", exclama el demonio que me coronó con tan amables amapolas. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoismo, y todos los pecados capitales." Ah, demasiado harto estoy de eso: -Pero, querido Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada! Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se Demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia De facultades descriptivas o instructivas, desprendo Estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado. |
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