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10月28日

Op cit

Primera parte
 

Recurrir a los viajes, a la ropa, al poder, a dar órdenes delante de los demás; acudir a las amistades poderosas, ser el de la cabecera, el de la cartera más gorda, ser aquel del que todos quieren estar a su derecha o a su izquierda. Ser quien hace los favores, ser aquel que no tiempo para caminar, para atender a aquellos a los que se supone debe proteger, ser aquél que se emborracha en las cantinas donde se negocian los millones, entre putas y alcohol, sí, ser quien no tiene ya nombre, quien mató a la conciencia y lo acepta, el que traiciona cuantas veces puede y mastica los mejores filetes para después eructar entre las cálidas sábanas de su hogar, al lado de la esposa que tapiza sus rollos de carne con finas sedas y duerme tranquila porque está con el ganador, con el que sí supo hacerla en esta vida… tendida en el sofá rojo de mi sala, pienso en aquella historia de los poderosos,  perezosa salgo a la calle, llego a la fuente y ahí estaba, tan azul como siempre.

Entramos al restaurante, me siento en la mesa, miro a mi alrededor y encuentro algunas caras cálidas, cada quien toma su lugar dentro del grupo, antes de decir nada a mí ya me designaron el de la estudiante joven que tiene curiosidad por escuchar sus aventuras, la muchachita que comparte el pan y la sal con los monstruos de la cultura poblana, me miran con cierta incomodidad pero pronto el Dr. Guerra me presenta como su novia, entonces las miradas cambian y me aceptan en aquel grupo abigarrado y hablan con soltura. Me convierto en la señorita fantasma novia del Dr. Guerra. Me alegro de estar ahí, habrá buena comida y contarán chismes de sus colegas y cada uno intentará demostrar a como de lugar que son intelectuales comprometidos con sus puestos y con la sociedad. La única que me interesa es Teresa, siempre la presentan como la hija del gran Pancho Moncada, el escritor más rebelde de los años cincuenta, al que en aquel tiempo lo calificaban como un teporocho, sinvergüenza que se peleaba hasta con sus propios amigos. Moncada escribió tratados políticos, críticas al gobierno de aquel entonces, poesía, novelas, cuentos, obras de teatro. De cárcel en cárcel escribió su obra, murió enfermo, viejo y sin un centavo. A más de cincuenta años de su muerte, se había convertido en el ícono de la izquierda ¿izquierda?... bueno, de todos aquellos que creen en la igualdad social y en la defensa de las causas nobles.

El director de la biblioteca Nacional, presume de sus incunables, de su página web, de sus empleados y de los mil cursos y eventos que se les da al año, sus intervenciones son divertidas, se autonombra el “rey del fondo antiguo” y presume de haberse comido veintidós tocas orientales, dos tortas árabes y dos refrescos, al observar la admiración de los demás, presume de su buen comer y de que a pesar de toda la gula se mantiene en forma. ¡Bah!, patrañas dice, Philippe, el esposo de Teresa, nacido en Francia pero chilango desde hace más de treinta años; eso no es nada, yo me he comido 11 tortas ahogadas de Guadalajara, con doña Chonita, ahí son las verdaderas, y aún así pedí postre ¿verdad Teresa?, Teresa sin mirarlo menea la cabeza de arriba abajo, afirmando la hazaña de Philippe. El Dr. Guerra y yo nos miramos, él sabe que me estoy burlando de sus colegas, trata de adivinar cada uno de mis pensamientos, presiente que en poco tiempo me hartaré de ese mundo, que quisiera estar lejos, con él, besándonos, acurrucada en su pecho pensando en las tonterías más grandes pero divertidas, muy probablemente sabe que estoy pensando en nuestro amigo Salchicha, elucubrando cómo fue su muerte, cuánto tiempo agonizó, quién lo durmió.

Teresa habla poco, ante los elogios y halagos que hacen de su padre permanece inmutable, no se sonroja al escuchar cada uno de los comentarios que dicen de don Pancho Moncada, que si fue un genio, que el más grande escritor que ha dado México, que sin su novela Las huellas desabitadas la narrativa mexicana no hubiera dado lo que le dio a la humanidad… cualquier alabanza hacia su padre le es indiferente, Teresa vive día a día su propia muerte, su cáncer, su artritis, su andar trabajoso.

La primera vez que la vi, fue en su casa de Coyoacán, el Dr. Guerra y yo empezábamos a salir, sus ojos me habían enamorado desde que lo vi, sin embargo, esperaba algo más, tal vez el instinto de cualquier mujer de veintitrés años, esperaba que él me mirara, me reconociera, me amara, sólo en mis fantasías podría haberme pasado por la cabeza que él se fijara en mí.

Una tarde, mientras yo trabajaba en la computadora de la Coordinación del Colegio de Literatura, me habló, mencionó mi nombre, ¿eres Estrella? sí, así me llamo, él se rió y entonces todo empezó.

Tomamos el camión hacia el D.F. me dijo que conocería a la hija del gran Moncada, yo estaba feliz porque conocería a Teresa, tenía muchas preguntas que hacerle, quería saber si eran reales los personajes de Los aciertos, aquél gigante homosexual que le gustaba fornicar con las madrotas de La merced, quería sacarme fotos a su lado, saber la historia de Pancho Moncada a viva voz de Teresa Moncada, quería sentirme parte de la historia.

Cuando llegamos a su casa, un hombre alto, canoso, de ojos azules y con un acento gutural nos abrió la puerta: Philippe Cheron.

Saludó al Dr. Guerra con un fuerte abrazo y después sin saber quién era yo, me dio sendos besos en cada mejilla, nos pasó a la sala y en una mecedora, cerca del ventanal que daba al jardín estaba Teresa. Con esfuerzo, tomó el bastón y saludó al Dr. Guerra, él me presentó como Estrella, su novia. Nos sentamos en la sala rústica, y yo no podía dejar de mirar a Teresa, ella sonreía, le daba gusto ver al Dr. Guerra sin embargo, no hablaba, Philippe era quien se encargaba de guiar la conversación. Philippe era una de esas personas que agradan sólo de verlas, su acento francés aumentaba la atracción hacia su persona, contaba historias exageradas, las cuales nadie creía pero él con ímpetu las relataba. Decía que Francia volvería al Franco, que España a la peseta que habría una hecatombe económica de la que ningún país se salvaría, para Phillipe la Tercera Guerra Mundial estallaría en cualquier momento. El Dr. Guerra le preguntó a Teresa por su salud, Teresa sin gesto alguno le contestó que iba de mal en peor, que la artritis la estaba acabando y que sólo esperaba el final. Phillipe miró hacia la nada, rígido, solitario, de un momento a otro lo carnavalesco de su persona desapareció se imaginó solo en aquella casa llena de libros y cuadros, sin su compañera testigo de sus inverosímiles historias, sin las conferencias, sin los halagos a don Pancho Moncada que él sí disfrutaba, Phillipe se imaginó por primera vez solo y extranjero en México. Sus enormes ojos azules clavados en el cielo, volvieron a mirarnos cuando el Dr. Guerra sacó de su mochila el libro homenaje a Pancho Moncada. Quedó muy bonita la edición, comentó Teresa, sí es una edición muy digna contestó Phillipe. Vi el libro y recordé que fui la primera persona que lo tuvo entre sus manos cuando acompañé al Dr. Guerra a la editorial por él. Recuerdo que cuando le entregaron el primer ejemplar, lo miramos y me lo dedicó, puso: para ella, Estrella, con su belleza doble que habita en la ciudad. Siempre tuyo: Francisco. El libro trataba de un homenaje a Moncada, con los académicos más importantes en el área de literatura de todo el mundo, el Dr. Guerra fue el editor y quien consiguió el financiamiento de varias Universidades de México y Estados Unidos, aquél libro era el resultado del compromiso que se hizo a sí mismo cuando leyó El apando.

Llega una señora medio gorda, vieja y con los senos arrugados destapados, la miré y ella directamente se sentó en la cabecera: es Lulú la administradora de la Biblioteca de Fondo Antiguo, la presenta el director comelón de la “Lafragua”.

La señora hace gala de su presencia y empieza a contar sus aventuras por el mundo, como buena secretaria hace alarde de los viajes de su jefe haciéndole preguntas como ¿qué tal el tráfico de Italia?, a lo que el señor Santiago responde no, si el de Italia me cansó el de Turquía, ahí no hay semáforos, y qué decir del tráfico de Chile, impensable vivir ahí. Interviene Phillipe, lo mejor sería usar la bicicleta, porque he visto que no hay cultura de usar bicicleta en Puebla,  sin prevenir a la mesa, la señora Lulú interrumpe, pues definitivamente para mí no es una opción viable la bicicleta, cuando salía a pasear en la bici me decían tantas barbaridades que prefiero mi auto… El Dr. Guerra y yo nos miramos, la anciana presumiendo de sus carnes, sabíamos que después…